Bordeaux, su imagen y su reflejo.
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Según
un artículo publicado por La Nueva España
en su sitio web (lne.es), firmada por el columnista Luis
M. Alonso, la caída de los precios de la cosecha
2008 en los "gran cru" de Burdeos,
coloca a esos vinos en un plano de accesibilidad que hasta
ahora escaparon por una simple especulación económica.
La pregunta es qué tanto favoreceria esto a marcas
menos selectivas, habida cuenta de la categoría de
íconos de los vinos señalados, en un mercado
- como el del vino - dónde la fantasía y la
leyenda van de la mano de la mercadotecnia. Aquí la
nota citada para el análisis de nuestros lectores.
Es
posible que se encuentre cerca el momento en que no va a ser
necesario tener que hipotecar la casa para beberse una de
las grandes botellas de vino. En Burdeos,
por ejemplo, admiten que los años de la pasta gansa
han llegado a su fin. Los stocks acumulados han traído
consigo una bajada de precios histórica, hasta del
45 por ciento, en los «premier cru» de la aristocracia
vinícola de la excelente cosecha de 2008. Pero para
que los precios hayan caído de esta manera tuvieron
antes que haber subido espectacularmente hasta hacerse prohibitivos
para el consumo ordinario. No hay mejor ejemplo que el del
Château Margaux, uno de los cuatro
grandes bordeleses, cuyo «premier grand cru
classé» costaba en 1993, 20
euros; en 2000, su precio llegó a
120 y en 2005 se disparó a 350. En doce años,
se vio afectado por una inflación del 650 por ciento
que en absoluto se corresponde con la carestía que
experimentó la vida.
El
Château Angélus, uno de los
grandes vinos de Saint-Émilion, ha
salido en 2008 a 50 euros, cuando su primer precio en 2007
fue 85 y, en 2005, el año en que la inflación
se disparó hasta el absurdo, 130 euros. Figeac,
otro Saint-Émilion excelente, se ha puesto de salida
a 35 euros, con una variación del 17 por ciento con
respecto a 2007. Y es imposible no recomendar, a quien tenga
la oportunidad de comprarlo tanto aquí como en Francia,
uno de los llamados «super-segundos» entre los
crus clasificados, Léoville Barton, de Saint-Julien,
a 23 euros la botella. Un vino magnífico, como su vecino
Léoville Las Cases
que mantiene, sin embargo, al igual que Cos d'Estournel,
Saint-Estèphe, reticencias a bajar precios.
Está
el caso llamativo de Château d' Yquem,
el gran Sauternes que muchos consideran el
rey de los vinos blancos y uno de los más perfectos
que existen. Salió en 2005 a 400 euros, dos años
más tarde a 330 y en 2008 a 135 euros, que no supone
todavía lo que se dice una compra ideal pero sí
alejada de los últimos y desorbitados precios. Al Yquem
le aguarda seguramente un coste más bajo. Si se trata
de elegir un Sauternes de gran calidad y a un precio razonable,
la elección indiscutible de esta añada es Rieussec,
a 30 euros, un 25 por ciento más barato que hace un
año, y con un coste razonable asociado a su calidad.
La
crisis mundial ha laminado las altísimas expectativas
del vino como objeto de especulación y ahora, para
no tener que seguir acumulando botellas, los propietarios
de las grandes bodegas tienen que ir pensando en un precio
justo, a ser posible de dos cifras. La subida desorbitada
en general se produjo a finales de la época de los
90, cuando el precio del vino empezó a florecer al
mismo tiempo que el dólar, el yen y la libra esterlina.
En esos años, el crítico Robert Parker
se convirtió en lo más parecido a un broker
de Wall Street. Ahora, toca aflojar. Se ha
visto en la semana de las novedades (primeur) de Burdeos
que ha marcado con sus precios seguramente el fin de una época,
mientras la tendencia se ha extendido a otros países
y denominaciones vinícolas.
Las
tarifas de los cotizadísimos «supertoscanos»
también empiezan a ser revisadas en Italia.
El Tignanello, a 140 euros la botella, constituye
una muestra de la desproporción alcanzada por uno de
las grandes reclamos especulativos del vino de los últimos
tiempos. En España, donde parece fácil resistir
debido a los precios más baratos y la excepcional relación
de calidad de muchas de las referencias que hay en el mercado,
existe, sin embargo, un problema de saturación por
el incremento desmesurado del número de bodegas en
los últimos años, que coincide con una menor
demanda como consecuencia del impacto económico en
los bolsillos. Otro factor viene a sumarse a los problemas
que ya atraviesa el sector: la manía incorregible
de la mayoría de los restaurantes de doblar y hasta
triplicar los precios de las botellas que sirven a los clientes
sólo por el hecho de mantener el vino y descorcharlo
delante de ellos. Un vicio copiado de Francia,
donde la botella en una comida o una cena equivale a veces
a lo que supondría un comensal más en la mesa.
El
debate sobre el verdadero precio de una botella de vino está
abierto. Se ha entablado en el Bordelés, la tierra
por la que los ingleses siempre tuvieron un vino que se hacía
al otro lado del Canal. El lugar donde los caldos adquirieron,
sobre todo algunos de ellos, una rara perfección y
los que no una leyenda que ha servido para promocionarlos,
a veces injustificadamente a precios muy superiores de lo
que realmente pueden valer. La crisis y la sobreproducción
han afectado tanto a los burdeos superiores como a los simples,
incluso a los «classés» (clasificados).
La deslumbrante fama de los Médoc, Pomerol
y Saint-Émilion arrastra a los châteaux
no clasificados, pero sí marcados con precios considerables,
con los que el negocio es capaz de confundir a la clientela.
La
aristocracia en Burdeos empieza por el château. Como
bien ha escrito Bernard Pívot, se
puede ser propietario de un castillo en la Gironda
sin tener un viñedo, pero no se puede tener viñas
sin estar domiciliado en un château. Es cierto que en
una botella de Burdeos, se compra o se bebe arquitectura.
De ahí, los precios en algunos casos. Es imposible
que los grandes caldos del Médoc renuncien a su nobleza,
como el Château Margaux, de suave finura
en contraste con el árido y pedregoso suelo de sus
viñas, y dueño de un rico anecdotario por su
aquilatada historia que se remonta a la Edad Media,
un tiempo en que los reyes ingleses empezaron a demostrar
en el continente que eran unos inagotables bebedores. El cuñado
de Madame Dubarry, su propietario, se presentó
una vez ante Luis XV con un traje cubierto
de pedrería y el rey le preguntó debido a la
ostentación si era el hombre más rico de Francia.
Dubarry, conde de d'Argicourt, respondió
que las piedras eran simplemente diamantes de sus tierras.
Efectivamente, lo que llevaba engastado en la vestimenta eran
piedras de las viñas de Margaux que pulidas tenían
una vistosidad comparable a los preciados guijarros
del Rin. La historia y la leyenda son parte también
del sobrecoste de las botellas.
A
fin de cuentas, como se ha dicho en muchas ocasiones, el vino
es el mensaje de la tierra que el viticultor logra encerrar
en una botella. Ese mensaje no puede salirnos por un riñón,
por muy historiado que sea.
04
de junio de 2009
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