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En una nota publicada en
el sitio de Chile.com, el especialista Eduardo Brethauer*
desnuda la situación del bajo consumo de vino en el
mercado chileno. Esto contrasta con la situación de
Argentina que, al tiempo que procura abrir nuevos mercados
en el exterior (este
año 2008 llegará a los u$s 800 millones de exportación
vitícola) se esmera por mantener, e incluso
incrementar - superando a la cerveza - su consumo que bordea
los 30 l. per cápita. A continuación reproducimos
la nota sobre el consumo chileno.
What???
Really? No way!!! No, no estoy bromeando. Los gringos simplemente
no pueden creer que el consumo de vino en Chile sea tan bajo.
Para un país productor, que construye gran parte de
su imagen en torno a las exportaciones vitivinícolas,
resulta injustificable los poco y más de 14 litros
que beben sus habitantes al año. Comprender a cabalidad
este fenómeno es imposible. Se necesitarían
varias comisiones, miles de páginas de sesudos estudios,
recriminaciones y muchos suspiros de resignación, pero
ni aún así se podrían establecer las
responsabilidades.
La explicación más sencilla
sería decir que el consumo de vino baja porque aumenta
el de cerveza. Pero no es suficiente. Gran parte de la responsabilidad
reside en las propias viñas que, empujadas por el boom
exportador de los 90, descuidaron el mercado interno hasta
la indiferencia. Chile estaba de moda en el exterior. Y todos
los esfuerzos de promoción se volcaron hacia los mercados
internacionales. ¿El consumidor chileno? Está
feliz con su cajita. ¿Para qué desgastarse en
un mercado tan pequeño? Nuestra viña está
enfocada en un 100% hacia las exportaciones, decían
los nuevos dueños con un extraño y pérfido
orgullo.
En ese entonces nadie imaginaba que el dólar
se desplomaría. Tampoco que el vino chileno dejaría
de estar de moda y la competencia se volvería cada
vez más feroz en los retailers de Londres y Nueva York,
haciendo insufrible la relación entre las viñas
chicas y sus distribuidores. Todo eso ha pasado, seguirá
pasando, y con mayor intensidad. Por eso hoy muchas empresas
buscan con desesperación nuevos mercados, convirtiendo
a gigantes como China en verdaderos desaguaderos. El negocio
del vino es complejo, pero más aún para aquellas
empresas que no están sustentadas en su propia tierra,
sino que nacieron absolutamente desarraigadas, aferrándose
a modernas etiquetas que supuestamente marcarían la
diferencia en las estanterías del mundo.
La asfixiante realidad del mercado, y sobre
todo la pérdida de competitividad debido a la caída
del tipo de cambio, no han sido del todo negativos. También
han obligado a que las viñas chilenas miren con otros
ojos al mercado nacional. Incluso aquéllas que renegaban
de los consumidores nacionales, por chicos, pobres y pelos
duro, hoy comienzan a coquetearles -tímidamente, claro
está-, intentando reconciliarse después de varias
décadas de infidelidades.
Pero todavía subsisten aquéllos
que no reconocen la traición. Negar hasta la muerte,
parece ser la consigna. Con asombro, he escuchado a varios
representantes de viñas decir que la gente está
tomado menos pero mejor. Vaya excusa, sobre todo cuando los
números tampoco respaldan tamaño argumento.
¿Cómo se puede afirmar eso cuando el 90% del
consumo corresponde a vinos bajo $ 3 mil? No hay que engañarse:
menos no es más. El resto es tratar de justificar lo
injustificable y, lo que es peor, no querer encarar como corresponde
una vergonzosa realidad que ya se ha prolongado por demasiado
tiempo.
Esta vez no con asombro, pero sí con
estupor, también he constatado que las pocas viñas
que han tomado la decisión estratégica de invertir
con mayor fuerza en el mercado nacional lo estén haciendo
en segmentos como el de los llamados sour. Esas mezclas esquizofrénicas,
que pasan de la dulzura extrema a la pica y viceversa, le
hacen un flaco favor a los intentos por tener consumidores
más cultos y dispuestos a pagar más por un producto
de calidad. ¿Para qué sudar la gota en los viñedos...?
¿Para qué convertir el Sauvignon blanc en una
nueva bandera vitivinícola...? ¿Para qué
desgastarse en seminarios, capacitaciones y catas...? ¿Para
qué hablar de identidad y origen si es mucho más
fácil brindar con un sour?
El consumo de vino interno ha topado fondo.
Si realmente queremos convertirnos en un referente vitivinícola
a nivel mundial, tenemos que comenzar por casa, invirtiendo
más en nuestros consumidores, haciendo que la gente
conozca y reconozca la calidad de los productos, convirtiendo
a los nuevos ciudadanos chilenos, esos que ahora se pasean
por el mundo como Pedro por su casa, en los mejores embajadores
de nuestros vinos. No way!!! No, no estoy bromeando.
*Eduardo Brethauer Roncagliolo, Periodista de la Universidad
de Viña del Mar, Diplomado en Marketing de Vinos de
la Universidad de Chile y miembro del Circle of Wine Writers
de Reino Unido.
Enero
09 de 2008 |