Robert
Parker - realista - comienza a despedirse de quienes
lo siguieron en mas de 30 años de actividad como
hacedor de la crítica del vino mas importante,
y difusor de la cultura del vino. A despecho de las
reacciones encontradas que supo recoger en su larga
trayectoria, hay que reconocer su influencia y su trabajo
por despertar el interés de millones de consumidores
y acercarlos a la bebida que hoy identifica a la cultura
occidental. Sin embargo, tal vez, ingratas circunstancias
pueden opacar un adios anunciado.
Transición
El adiós
anunciado de Robert Parker
(cont.)
La
dilatada trayectoria de Robert Parker está
concluyendo. El maestro - en lo personal -
no supo adaptarse a los cambios que impuso la
tecnología en el ámbito de la comunicación
y su línea directa con un público
- paradójicamente - infinitamente superior
y globalizado, se quebró con las limitaciones
del formato de su ya legandario boletín
The Wine Advocate. Como sucede con todas las cosas
de éxito - y de la vida - , imitadores
y oportunistas, colaboraron (colaboran) para paletear
la tierra sobre un prestigio duramente trabajado,
mientras se levantan oraciones de alabanzas.
Lo
habíamos anticipado en una
crónica del año 2009 en Logroño
en la que pronosticábamos con detalles
casi copiados a esta realidad de hoy, el momento
y el lugar del comienzo de este mutis de un actor
privilegiado de la "era del vino". La
estela que deja se ensombrece con episodios como
el lamentable "murciagate" que destapa
manejos que salpican incluso a una industria española
- a la que Parker ignoró en sus momentos
de mayor gloria - que hoy necesita mas que nunca
mostrar al mundo todo lo bueno que ha logrado,
precisamente desbloqueándose de enquilozados
conceptos de producción y encarando la
elaboración de un vino nuevo. Pero seguramente,
lo mejor de Parker se mantendrá vigente:
su labor educativa, sus desopilantes comentarios
al estilo de "un olor a musgo húmedo
sobre una roca caliente, en una playa iluminada
por la luz de la luna". Aunque ahora lleguen
las
justificaciones y sorprendentes comentarios, mas
allá de los reacomodamientos de comunicadores
interesados, ojalá (Oh, Alá)
se cumplan sus deseos de constituirse en un Buda,
pero sonriente. Bye, bye...Maestro!
. Ricardo Brizuela