|
Por
Cecilia Sosa del diario Página 12 de Buenos Aires,
Argentina.
Durante
cinco años, un sommelier devenido director de cine
recorrió buena parte de los viñedos del mundo
–de Italia a California y de Francia a la Argentina–
investigando el fenómeno silencioso debajo del boom
del vino que el mundo experimentó en la última
década: la homogeneización del paladar. Pero
lo que en pantalla es una comedia documental por la que desfilan
personajes pintorescos, aristócratas centenarios, self-made
norteamericanos, aires mafiosos y negocios que desafían
los límites del Estado, en realidad es una radiografía
de un proceso que se reproduce en todos los ámbitos
de la cultura en la era de la globalización: la pérdida
de las singularidades ante el avance avasallante de los monopolios.
Mondovino
no es un documental sobre vinos. Es un provocativo e inesperado
retrato del rostro menos conocido de la globalización.
Una mirada satírica y encantadora sobre la estandarización
del gusto. ¿Cómo? A través de un bucólico
viaje por el mundo de la producción y distribución
de la acaso más antigua y mágica de las bebidas,
que en manos del director norteamericano Jonathan Nossiter
se revela como el soporte perfecto de una lúdica comedia
de enredos sobre uno de los más álgidos dramas
contemporáneos.
En
Mondovino no falta nada: dinastías centenarias, entuertos
familiares, secretos, campesinos pobres, consultores hechizantes,
críticos de medios, narices aseguradas por un millón
de dólares, oligarquías, perros de todos colores,
y hasta una familia tan orgullosa de llamar a sus empleados
por su nombre como de la mesa de su jardín, diseñada
a imagen y semejanza de la de El Padrino II.
De
Jonathan Nossiter, el director, se podría decir que
no es ningún improvisado. Nacido en Washington en el
‘61, hijo de un distinguido corresponsal del Washington
Post y del New York Times, pasó su infancia y adolescencia
paseando entre India, Francia, Grecia, Italia e Inglaterra.
Políglota por obligación y laureado cineasta
(su film Sunday fue premiado en el festival de Sundance del
‘97), Nossiter probablemente sea el único director
del mundo que pueda ostentar título de sommelier, con
tres años de trayectoria elaborando la carta de vinos
de los mejores restaurantes de Nueva York.
Nossiter
imaginó Mondovino durante una gira de cata por Europa
–y como sólo sucede en los grandes acontecimientos–,
reunió petates y se subió a una aventura etílica
sin igual que involucró cuatro años, tres continentes,
ocho países (incluyendo Argentina), un magro presupuesto
de 280 mil euros, y una única cámara portátil
que manejó a capricho y siguiendo sus más embriagadas
inclinaciones.
De
Brasil a Nueva York, de Italia a California, de Burdeos a
Australia, de Florencia a Alemania, y llegando incluso a Calafate,
Salta; el film por momentos parece una épica detectivesca,
casi un thriller que salta de copa en copa para seguir los
rastros de un inefable crimen. ¿Cuál? La desaparición
del “terroir”, esa palabra francesa casi intraducible
que adjudica el “espíritu” del vino a la
tierra donde es cultivado.
Así,
en una suerte de cruzada del gusto, Mondovino desandará
punto por punto el proceso que explica esa pérdida.
En diminutas fincas y magnificentes viñedos, entre
ampulosos críticos y milagrosas instrucciones, se encontrará
con las huellas de un conflicto que se reproduce a escala
mundial (y con paralelos infinitos): la lucha entre un avasallante
poder monopólico (autopromocionado como “democratizante”)
que busca ajustar toda producción al “gusto internacional”
(sospechosamente coincidente con el norteamericano) frente
a los sabores (y saberes) singulares y particulares del trabajo
artesanal.
Si
bien hay quienes afirman que Mondovino es una suerte de versión
vitivinícola de Fahrenheit 9/11, Nossiter está
lejos de producir una “globalización para principiantes”
en soporte digital. La pelea sin duda quedará así
planteada –entre “colaboracionistas” (del
gusto hegemónico/democrático) vs “terroiristas”
(militantes del “terroir”)–, pero lejos
de la pedagogía blanquinegra de Michael Moore (a quien
Nossiter considera un reflejo del marketing), el sommelier-cineasta
descubrirá, a ambos lados de la barricada, una sorprendente
multitud de personajes fascinantes, excéntricos y embriagadores.
Y ninguno quedará del todo bien parado. En fin, un
catálogo digno de toda comedia que se precie.
¿Democracia vs. Terroir?
¿Cómo
no empezar por Michael Rolland, el más brillante “consultor
de vinos” que recorre viñedos del mundo recitando
un único y misteriosomandamiento: “hay que microoxigenar,
microoxigenar”. Dueño de un histrionismo casi
agotador y una carcajada infinita y hasta maníaca,
Rolland hipnotiza a todos con sus dotes de doctor y terapeuta
(de vinos). Sea productor, crítico, japonés
o Gérard Depardieu. E imparte, desde su auto conducido
por chofer, las pócimas secretas del vino de calidad.
El
otro gran personaje es el periodista norteamericano Robert
Parker, la indiscutida voz de la crítica internacional
de vinos, que con un resoplido de su millonaria nariz puede
hundir o salvar cualquier bodega del mundo. Abogado renunciante
después del Watergate, Parker vive en una mansión
de Maryland (Estados Unidos), cuidando su nariz y su paladar
asegurados por un millón de dólares y protegido
por un simpático par de perros a los que adora: un
sabueso de un olfato hiperdesarrollado y un bulldog flatulento.
Entrado
el film, el espectador descubre cómo confluyen los
rieles de esa misteriosa “unificación del gusto”
tan propia del mundo globalizado: por un lado, el más
buscado asesor internacional; por otro, el crítico
que desde 1982 revolucionó el mundo vitivinícola
al abrirlo al mercado norteamericano. Con ustedes, el francés
Rolland y el norteamericano Parker, en rigor íntimos
amigos desde hace más de ocho años (un dato
que sorprendió al propio director).
El
feliz matrimonio Rolland/Parker dice operar sólo guiado
por el gusto propio (y ajenos al juicio del otro). Sin embargo,
la sutil sociología del film es mostrar cómo
ese gusto termina resultando sorprendentemente coincidente.
Haciendo cada uno su trabajo con intachable honradez, la tarea
sumada puede lograr por ejemplo que una botella producida
en una bodega cualquiera se dispare de 35 a 110 euros. Sólo
hace falta contar con el asesoramiento adecuado (materia en
la que, causalmente, Rolland es el pope) y la máxima
puntuación de la revista Wine Spectator (para la que,
casualmente, escribe Parker).
Ahora
bien, detrás de este dúo dinámico hay
un poder bien asentado, la familia que da nombre a la película:
los Mondavi. En los siempre soleados valles de California
vive el clan de los Mondavi, una familia italiano-americana
liderada por Robert Mondavi, “empresario y filósofo”
del vino, que con 500 millones de dólares de ganancia
anuales y una producción de más de 120 millones
de botellas al año, preside el mayor imperio de la
uva que extiende sus tentaculares brazos (y búsqueda
de potenciales socios) al mundo. Y alrededores. El más
pequeño de la dinastía Mondavi sueña
con cultivar sus vinos en Marte.
Y luego, un reparto fuera de
serie...
¿Cómo
olvidar a los Staglin? En sus 18 hectáreas de plácidos
viñedos en Napa (California), Shari, la dueña
de casa, confiesa, sin ironía, que conoce a sus empleados
mexicanos por el nombre y que les regala camisas y sombreros
promocionando la marca. Sí, la misma que adora su mesa
de roble realizada a imagen y semejanza de la de El Padrino
II.
O
a la antiquísima oligarquía italiana de la Toscana,
recién salida de una película de Visconti, que
reverencia a Mussolini (porque logró que los trenes
llegaran a tiempo) y que no dudó en abandonar 500 años
de experiencia en la producción del vino para obedecer
a los secretos designios (¡microoxigenar!) a los que
obliga la “bendición” Mondavi.
O
al taciturno Aimé Guibert (un hombre de la derecha)
que ante la posibilidad de que las viñas de la pequeña
población francesa de Aniane se sumen al imperio Mondavi,
se descubre como un poético defensor de la globalifobia:
“Dios nos envió un milagro: elecciones municipales
y un comunista como alcalde”.
O
los dramas de Hubert Montille, un romántico productor
de Burgundy que cedió la conducción de la bodega
a su hijo, más interesado en el marketing que en el
“terroir”, y que en el transcurso del film recupera
a su hija (empleada en una inescrupulosa firma de vinos internacional)
para el sabor y el saber de su industria familiar.O al importador
de vinos neoyorquino, Neal Rosenthal, capaz de hilvanar una
teoría completa del imperialismo norteamericano masticando
hamburguesas, o al utopista que jura que en el noreste de
Brasil está la meca virgen donde cultivar el mejor
vino del mundo.
Y
cuando uno ya imaginaba que no podía aprender nada
más sobre la cultura etílica, el director (que
a esta altura no hay dudas de que la está pasando bomba)
aterriza en el norte argentino, en un final casi a medida
del público local. En los ensoñados valles de
Cafayate, Nossiter entrevista al mayor de los cinco Etchart,
Arnaldo, que señala, entre copa y copa, los parecidos
entre Perón, Hitler y Mussolini, la vagancia del campesinado
y la milagrosa acción de Rolland que instaló
a Argentina en el mercado de vinos del mundo. Y también
le queda tiempo para visitar el ínfimo pueblito de
Tolombón, donde un adorable nativo “pura sangre
indígena” se niega a ser el sueldo de 200 pesos
que le ofrece la corporación Etchart y mantiene como
puede una finquita de una hectárea donde sigue la tradición
de su abuelo produciendo un vino casi imposible.
En busca del propio “terroir”
Mondovino
no dejó de despertar polémicas desde que se
exhibió por primera vez en el Festival de Cannes en
mayo de 2004 (curiosamente el mismo día de la reelección
de Bush). Revolucionó el corazón del establishment
del vino, fue tapa de los más prestigiosos diarios
(incluyendo Le Monde) y no dejó de cosechar amenazas
de juicios. El mismísimo Rolland, reseñado por
Le Monde como “un mefistofélico mercenario de
enología”, declaró que los procedimientos
de Nossiter con su persona habían sido dignos de la
más cruda manipulación de imagen y sonido.
Sin
embargo, y más allá de todo terremoto, la película
consigue algo más sutil. Con sus silencios expectantes,
sus miradas en fuga, sus personajes siempre desajustados,
su adoración por los perros (en especial por los que
comen queso), y sus maratónicos 136 minutos, Mondovino
logra construir su propio “terroir”. Luminosa,
aguda y por momentos desopilante, muestra cómo un sueño
casi beodo puede transformarse en un delicado y burlón
ensayo sobre la construcción de una hegemonía
cultural. Tal vez por eso, Mondovino sea una película
de amor, dedicada a aquellos que en medio de la unificación
reinante siguen peleando por encontrar su propio “terroir”.
Sea en vinos, películas, libros, vidas o canciones.
|
Una
opinión
“Creo
que Mondovino ridiculiza a muchos. Sin embargo, Rolland
aportó mucho a la industria argentina y no me
parece bien castigar a alguien que trabaja seriamente.
El tiene un estilo de vinos preferencial y busca difundir
lo que conoce en diferentes zonas. Pero cada zona tiene
su carácter y personalidad y la tecnología
no puede cambiar eso. Es imposible hacer un vino igual
que otro. Ni Michael Rolland lo podría lograr.
Por eso creo que Mondovino genera mucha confusión”.
Marina
Beltrán, directora de la Escuela Argentina de
Sommeliers
|
Marzo
14 de 2008 |